jueves, 28 de julio de 2016

Cuento para Mebahiah: "la llegada de un alma noble y elevada"

Doce años, doce largos y penosos años habían transcurridos ya desde que el Maestro constructor, el fornido Mebahiah contrajera matrimonio con la bella Yesiah, y sin embargo la Gracia Divina no había visitado aún su morada permitiendo que el vientre materno de su amada esposa fuese fecundado.
Una profunda decepción se había apoderado del Maestro. No comprendía, cómo otras familias tenían hijos y más hijos, mientras que ellos por mucho que trabajaban y servían, no eran recompensados con esa dicha.
Mebahiah hubiese dado todas sus riquezas, si a cambio conseguía que un alma eligiera venir a su casa. Ya no era un joven, y aunque con su fuerza física era capaz de transportar el universo sobre sus espaldas, no podía decir lo mismo de su fuerza espiritual.

Aquellos doce años de espera habían acabado con su fe, con su esperanza. Ya no creía en nada, y aquello le había convertido en un ser distante, insociable y brusco.

Cierto día, llegó al pueblo un enviado de palacio, con un edicto proclamado por el rey:
  • El Soberano recompensará con el logro de cualquier deseo a aquel que le consiguiese construir un Templo.
Linda, la esposa de Mebahiah se puso muy contenta al conocer la noticia, y con ese entusiasmo fue al encuentro de su esposo, pues tenía la ilusión de que se presentara.
Pero pronto aquella esperanza se desvanecería. Su esposo no quería oír hablar ya nunca más de trabajos de construcción. Había dedicado toda su vida a ello, y para qué, ¿qué había conseguido?
El tiempo transcurrió y Mebahiah seguía alimentando aquel odio, pero a pesar de ello, no pudo evitar recibir aquella visita.
  • Veo que estás afligido por un profundo dolor -dijo aquella suave voz a sus espaldas -.
Mebahiah se volvió un poco molesto, pero tuvo que reprimir sus acaloradas palabras, pues ante el estaba el rey.
  • Majestad, vos en mi humilde casa -saludó respetuosamente el Maestro constructor -.
  • No os asustéis, mi visita es desesperada. Mi cuerpo envejece con el paso de los años y he aquí que mi espíritu está sediento de luz y no encuentra un lugar sagrado donde saciar su ansia. En palacio se han reunido los mejores constructores de todos los reinos, pero ninguno de ellos consigue elevar las columnas del Templo. Tan sólo buscan prestigio, honores, riquezas, y lo que hoy construyen, mañana aparece destruido. ¿Comprendéis ahora mi dolor? Pero, decidme, ¿cuál es el vuestro? pues, en vuestro rostro, puedo leer los rasgos de la amargura -preguntó el rey -.
Mebahiah explicó los motivos de su aflicción al Soberano y este lamentó no poder satisfacer su necesidad.
Viendo que nada podría ofrecer, decidió no pedir nada.
Pero el Maestro comprendió que debía romper su silencio y servir a su rey. Y así se lo hizo saber.
Al cabo de nueve lunas, las columnas del Templo se elevaron y ya nunca más se desvanecieron. El rey ya tenía un Santuario donde dar gozo a su espíritu, pero aquel no sería el único logro, pues Mebahiah y Linda, vieron como su familia aumentaba, y ello gracias, al nacimiento de un alma noble y elevada que desde el cielo decidió visitar la morada del Maestro Constructor.

Fin

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