sábado, 14 de marzo de 2026

El hambre del ego — La búsqueda de plenitud según Un Curso de Milagros. Parte V: Una escena de aula: cuando el hambre no está en el cuerpo.

El hambre del ego — La búsqueda de plenitud según Un Curso de Milagros.

Parte V:  Una escena de aula: cuando el hambre no está en el cuerpo.

(Un diálogo inspirado en las enseñanzas de Un Curso de Milagros)

La sala es sencilla y tranquila. Un pequeño grupo de estudiantes se ha reunido para compartir sus experiencias con las enseñanzas de Un Curso de Milagros. Sobre la mesa hay cuadernos, una copia del Texto del Curso y algunas tazas de té.

Durante unos instantes nadie habla. Finalmente, Marta rompe el silencio.

—Hay algo que me gustaría compartir —dice con cierta timidez—. Cuando tengo un día difícil, lo primero que hago al llegar a casa es abrir la nevera. No siempre tengo hambre… pero comer algo me calma.

Mira al resto del grupo.

—El problema es que después me siento culpable.

Andrés asiente lentamente.

—A mí me pasa algo parecido —responde—. Intento controlarlo. Hago dietas, me pongo reglas… pero tarde o temprano termino rompiéndolas. Y entonces la culpa es todavía peor.

Lucía interviene desde el otro lado de la mesa.

—En mi caso no es tanto la comida. Cuando siento ese vacío, empiezo a buscar distracciones. Veo series, miro el móvil, compro cosas que no necesito… cualquier cosa que me mantenga ocupada.

Hace una pausa.

—Es como si no quisiera quedarme a solas con ese sentimiento.

Las palabras quedan flotando en el aire.

El grupo permanece en silencio unos segundos, como si todos reconocieran algo familiar en lo que acaba de decir.

Entonces Carlos formula la pregunta que parece estar en la mente de todos.

—Si el problema no es realmente la comida ni las distracciones… ¿qué es lo que estamos intentando evitar?

En ese momento interviene Daniel, uno de los estudiantes más veteranos del grupo. No habla con autoridad ni con superioridad; su tono es tranquilo, como quien simplemente comparte algo que ha aprendido en su propio proceso.

En Un Curso de Milagros se diría que Daniel está actuando como un Maestro de Dios, alguien que ha empezado a mirar su mente con honestidad y ahora puede recordar suavemente a otros lo que el Curso enseña.

—En realidad —dice con calma—, no estamos buscando comida, entretenimiento ni distracción.

Los demás lo miran.

—Estamos intentando escapar de una sensación de culpa que no comprendemos plenamente.

El grupo guarda silencio.

Daniel continúa.

—El ego nos dice que hemos hecho algo terrible al separarnos de Dios. Esa creencia genera una culpa profunda. Y para no mirarla directamente, la mente fabrica problemas externos.

Hace un pequeño gesto con la mano, señalando el mundo cotidiano que todos conocen.

—Entonces pensamos que el problema es la comida, el trabajo, las relaciones o la ansiedad. Pero el problema nunca estuvo realmente en el mundo.

Abre el libro del Curso que está sobre la mesa y lee una frase en voz baja: “Las ideas no abandonan su fuente.” (T-26.VII.4:7)

Marta levanta la mirada.

—Entonces… ¿Debería intentar controlar mi comportamiento o no?

Daniel sonríe con suavidad.

—Controlar el comportamiento puede ser útil en algunos niveles prácticos. Pero no resuelve la causa del problema.

—¿Y cuál es la causa? —pregunta Andrés.

—La creencia en la culpa.

Andrés frunce ligeramente el ceño.

—¿Y cómo se deshace esa culpa?

Daniel vuelve a mirar el libro del Curso. Sus dedos recorren lentamente una página y luego lee en voz alta una frase muy conocida: “El Hijo de Dios es inocente.” (T-31.V.2:1)

Lucía respira profundamente.

—Entonces cuando busco distracciones… en realidad estoy intentando no mirar esa culpa.

—Exactamente —responde Daniel—. El mundo entero parece diseñado para mantener nuestra atención fuera de la mente.

Vuelve a cerrar el libro con suavidad.

—Pero el Curso nos invita a hacer justo lo contrario: mirar dentro sin miedo.

El grupo permanece en silencio otra vez.

Pero ahora el silencio es distinto. No es un silencio incómodo, sino un espacio donde algo empieza a comprenderse.

Finalmente, Daniel añade una última reflexión:

—No necesitamos condenar nuestros comportamientos ni luchar contra ellos. Podemos utilizarlos como señales.

—¿Señales de qué? —pregunta Marta.

—De lo que está ocurriendo en nuestra mente.

Hace una pequeña pausa y luego continúa:

—Cada vez que aparezca un impulso compulsivo, podemos preguntarnos con honestidad: ¿Qué estoy intentando evitar mirar ahora?

Después podemos recordar algo muy simple: —No soy culpable. —La separación nunca ocurrió. —Sigo siendo tal como Dios me creó.

Nadie añade nada más.

Sin embargo, todos perciben que algo ha cambiado.

Los problemas externos siguen ahí, pero ahora se miran desde otro lugar.

Y ese cambio de percepción es precisamente lo que Un Curso de Milagros llama un milagro.

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