viernes, 22 de julio de 2016

Cuento para Vehuel: "La ciudad profanada"

La Ciudad Sagrada de Netzah, estaba siendo profanada por la lujuria y banalidades de un pueblo que había olvidado su estirpe divina y que se había entregado al servicio de amos y señores que prometían poder, riquezas, prestigio, fama y placer.

Netzah había sido construida por nobles sabios que inspirándose en las más bellas formas de la naturaleza, quisieron que aquella morada fuese una morada donde se viviese anticipadamente el goce, que el Gran Maestro otorgaba a su pueblo, el goce de la paz y de la armonía.

Sin embargo, el afán de poder, generó una terrible competencia, una espantosa rivalidad que desencadenaba guerras y destrucción.

El deseo de riquezas propició la gula, la ambición, la avaricia. El hombre ya no competía, tan solo vivía para satisfacer sus intereses. Antes de dar, recibía.

El afán de placer, anuló la verdadera búsqueda de la plenitud. Gozar sin trabajar era lo deseado. Recibir frutos sin sembrar. Aquellos afanes fueron ahogando y enterrando poco a poco el tenue grito de esperanza de volver a vivir en armonía con las leyes de la naturaleza. Sin duda, Netzah había dejado de ser la dulce tierra de los goces para convertirse en la mísera tierra de los placeres.

Mientras que todo esto sucedía en la Ciudad Sagrada, no muy lejos de allí, pero sí lo suficiente como para quedar protegido por el hedor nauseabundo procedente de la basura que enterraba a Netzah, crecía fuerte y saludablemente un joven príncipe de sangre real, era Vehuel, hijo legitimo de la princesa Venus y del príncipe Urano.

La princesa de Netzah se vio obligada a abandonar a su hijo cuando su esposo Urano fue derrocado del poder. Lo entregó a una familia humilde que le era fiel, y esta lo había criado durante 18 años. Ahora Vehuel era todo un hombre y se complacía en hablar con las plantas y los animales, que perecían entender su lenguaje.

Un día, Vehuel, sin poder evitarlo oyó la conversación que mantenían sus padres ilegítimos y conoció la verdad sobre su identidad. El joven que era noble y bueno, comprendió lo que había sucedido, pero dijo a sus protectores que debía ir en busca de sus verdaderos padres.

Vehuel ya dirigía sus pasos hacia la Ciudad Sagrada, y cuando se acercaba a ella notó como el aire se enrarecía impidiéndole casi respirar. Tuvo que hacer grandes esfuerzos para seguir su camino, pero poco a poco se fue acostumbrando a él sintiendo cómo en su pecho ardía un fuego hasta ahora desconocido.

A su paso, Vehuel vio como los hombres permanecían prisioneros de un sopor que no les permitía pensar.
Encontró en su camino a un joven que lloraba amargamente. Se acercó a él preocupado y le dijo:
  • ¿Por qué lloras muchacho? Por la intensidad de tu dolor, algo grave debe ocurrirte.
  • Sí es cierto, acaban de cortarme el cabello más de la cuenta -contestó el afligido joven -.
Vehuel no supo contestar, pues no comprendía como podía llorar por tal banalidad. Así fue encontrando otros muchos casos y comprendió que aquel pueblo no tenía espíritu, estaba vacío y se dijo que debía hacer algo para ayudarles.

Sin pensarlo más, se puso a trabajar. Día tras día trabajaba incansablemente y al poco tiempo muchos se unieron a él. Al cabo de unos días, el grupo había crecido considerablemente y cuando este fue lo suficientemente grande, Vehuel, les hablo:
  • Muchos de vosotros habéis conocido el placer de la tierra y habéis quedado prisionero de sus seductores encantos. Ahora podréis conocer el verdadero goce que tan solo Dios puede ofrecer. Seguid mis pasos y abandonemos este valle. Elevémonos hasta la montaña de Hochmah, donde mi padre el Príncipe Urano nació. Allí encontraremos la faz de nuestro creador.
Así fue como Netzah dejó de ser la tierra profanada por la mayoría y se convirtió en la Ciudad Sagrada donde moraba el Eterno Amor.
Fin

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