jueves, 5 de junio de 2025

Capítulo 21. Razón y Percepción: Introducción

 Capítulo 21

RAZÓN Y PERCEPCIÓN

 

Introducción.

1. La proyección da lugar a la percepción. 2El mundo que ves se compone de aquello con lo que tú lo dotaste. aNada más. 3Pero si bien no es nada más, tampoco es menos. 4Por lo tanto, es importante para ti. 5Es el testimonio de tu estado mental, la imagen externa de una condición interna. 6Tal como el hombre piense, así percibirá. 7No trates, por lo tanto, de cambiar el mundo, sino elige más bien cambiar de mentalidad acerca de él. 8La percepción es un resultado, no una causa. 9Por eso es por lo que el concepto de grados de dificultad en los milagros no tiene sentido. 10Todo lo que se contempla a través de la visión es sano y santo. 11Nada que se perciba sin ella tiene significado. 12Y donde no hay significado, hay caos.

Si analizamos el aprendizaje que nos aporta el proceso creativo de Dios, podemos tener una visión correcta y verdadera del poder de la mente y comprenderemos el mecanismo por el cual se produce la proyección.

La frase “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” aparece en la Biblia en el libro de Génesis 1:27.

En el texto del Curso, se recoge lo siguiente con relación a esta frase: "La afirmación "Dios creó al hombre a imagen y semejanza pro­pia" necesita ser reinterpretada. 2"Imagen" puede entenderse como "pensamiento", y "semejanza" como "de una calidad semejante." 3Dios efectivamente creó al espíritu en Su Propio Pensa­miento y de una calidad semejante a la Suya Propia. 4No hay nada más" (T.3.V.7:1-4).

Aceptar esta interpretación nos lleva a conocer el proceso de crear. Si la creación de Dios es parte de Sí Mismo, en Su Propio Pensamiento y de una calidad semejante a la Suya Propia, nuestras creaciones serán semejantes a las Suyas y tendrán su mismo sello, esto es, serán verdaderas y eternas. Su calidad está garantizada por la esencia del Amor y aporta la visión interna de la Unidad. 

Cuando la voluntad se dirige hacia la visión de Si Mismo, a la visión interna de lo que se Es, da lugar a creaciones que son extensiones del Ser. Cuando la voluntad, que goza de libre albedrío, se dirige en otra dirección inspirada por el deseo, se produce un desajuste en la visión y en vez de visionar nuestro interior, elegimos ver en otra dirección, lo que produce una alteración en lo creado. Esa alteración se conoce como proyección. Ya no es una extensión semejante a lo que vemos en nuestro interior. Ya no es una extensión del amor-unidad, ahora responde a la fuerza llamada deseo que nos lleva a ver de otra manera, es decir, a sustituir la unidad por un pensamiento separado que da lugar a la percepción, abandonando de este modo la visión del Conocimiento de lo que somos.

5La percepción, por otra parte, no puede tener lugar sin la creencia en "más" y en "menos". 6La percepción entraña selectivi­dad a todo nivel. 7Es un proceso continuo de aceptación y rechazo, de organización y reorganización, de sustitución y cam­bio. 8Evaluar es un aspecto esencial de la percepción, ya que para poder seleccionar es necesario juzgar" (T.3.V.7:5-48).

La percepción es el efecto de utilizar nuestra mente al servicio de una voluntad que sirve al deseo. Dicho de otro modo, la percepción es el efecto de la proyección de nuestra creencia en la separación.

2. La condenación es un juicio que emites acerca de ti mismo, y eso es lo que proyectas sobre el mundo. 2Si lo ves como algo condenado, lo único que verás es lo que tú has hecho para herir al Hijo de Dios. 3Si contemplas desastres y catástrofes, es que has tratado de crucificarlo. 4Si ves santidad y esperanza, es que te has unido a la Voluntad de Dios para liberarlo. 5Estas son las únicas alternativas que tienes ante ti. 6lo que veas dará testimonio de tu elección y te permitirá reconocer cuál de ellas elegiste. 7El mundo que ves tan sólo te muestra cuánta dicha te has permitido ver en ti y aceptar como tuya. 8Y si ése es su significado, el poder de dar dicha tiene entonces que encontrarse en ti.

No podemos menospreciar el poder de la mente. Cuando sirve al deseo de ser especial, da lugar a un mundo que lleva ese mismo sello, es decir, es a nuestra imagen y semejanza, de nuestro mismo pensamiento y de la misma calidad. El deseo de ser especial da lugar a la proyección y a la percepción, donde el Ser Espiritual es sustituido por el cuerpo físico.

Las consecuencias de sentirnos especiales nos llevaron a la creencia en el pecado y en la culpa. La pérdida de la inocencia desencadenó el deseo profundo y necesario de redimirnos de nuestros pecados. De este modo, el sacrificio y el dolor se convierten en los fervientes servidores de nuestra salvación.

La condenación forma parte de nuestro sistema de pensamiento dado que es lo que nos estamos aplicando interiormente, entendiéndola como la vía que ha de ganar el perdón de Dios.

Al formar parte de nuestros pensamientos, de nuestra visión, la proyectaremos y la percibiremos, recibiendo del mundo exterior el juicio de nuestros actos y su condenación como el único camino para alcanzar la salvación.

El plato del dolor y el sufrimiento está servido y todos comeremos de él.

El Curso que estamos estudiando es una invitación a cambiar nuestra manera de ver las cosas y a recordar nuestra verdadera identidad. Tenemos que ejercitar y entrenar nuestra mente para que sirva a una voluntad dirigida correctamente hacia la visión de la unidad. Tan solo así podremos andar el camino que ha de conducirnos a la salvación. 

miércoles, 4 de junio de 2025

Capítulo 20. VIII. La visión de la impecabilidad (4ª parte).

VIII. La visión de la impecabilidad (4ª parte).

9. Sólo dos propósitos son posibles: 2el pecado y la santidad. 3No existe nada entremedias, y el que elijas determinará lo que veas. 4Pues lo que ves simplemente demuestra cómo has elegido alcan­zar tu objetivo. 5Las alucinaciones sirven para alcanzar el objetivo de la locura. 6Son el medio a través del cual el mundo externo, proyectado desde adentro, se ajusta al pecado y parece dar fe de su realidad. 7Aún sigue siendo cierto, no obstante, que no hay nada afuera. 8Sin embargo, es sobre esta nada donde se lanzan todas las proyecciones. 9Pues es la proyección la que le confiere a la "nada" todo el significado que parece tener.

Si nuestra visión no estuviese alterada por el deseo de ser especial, no creeríamos en la separación, en la división, con lo cual gozaríamos de la auténtica visión en la unicidad. Esta visión nos lleva a reconocer la semejanza existente con todos nuestros hermanos y con nuestro Creador. Esa unicidad se complace en la igualdad y, al no existir percepción separada, se visualiza tal como es, es decir, como una sola mente, donde lo externo carece de significado, no existe. Ese es el estado de la mente santa. Ese es el estado que rige las leyes del Cielo. Ese es el estado verdadero de lo que somos, de la Filiación.

Cualquier otra visión que no sea la descrita anteriormente no gozará de la fortaleza de la verdad. Responderá a una visión ilusoria e irreal, que inventa personajes externos que personifiquen las diferentes tendencias que habitan en el interior de una mente dividida: pecado, culpa, miedo, odio, soledad, necesidad, sufrimiento, dolor, muerte…

10. Lo que carece de significado no puede ser percibido. 2Y el sig­nificado siempre busca dentro de sí para encontrar significado, y luego mira hacia afuera. 3Todo el significado que tú le confieres al mundo externo tiene que reflejar, por lo tanto, lo que viste dentro de ti, o mejor dicho, si es que realmente viste o simplemente emi­tiste un juicio en contra de lo que viste. 4La visión es el medio a través del cual el Espíritu Santo transforma tus pesadillas en sue­ños felices y reemplaza tus dementes alucinaciones -que te muestran las terribles consecuencias de pecados imaginarios- ­por plácidos y reconfortantes paisajes. 5Estos plácidos paisajes y sonidos se ven con agrado y se oyen con alegría. 6Son Sus susti­tutos para todos los aterradores panoramas y pavorosos sonidos que el propósito del ego le trajo a tu horrorizada conciencia. 7Ellos te alejan del pecado y te recuerdan que no es la realidad lo que te asusta, y que los errores que cometiste se pueden corregir.

Así es. Cuando la visión de lo que somos no siente el deseo de ser especial, lo que vemos nos hace uno con la visión del resto de la filiación. Desde esa visión se comparte el amor y se extiende a través de nuestras creaciones que serán eternas y portadoras de las leyes de la verdad.

En cambio, cuando nuestra visión de lo que somos siente el deseo de ser especial, lo que vemos en nuestro interior son partes separadas que conforman nuestra personalidad. Esa visión nos muestra los diferentes rostros de nuestra personalidad especial, los cuales ya hemos descrito en el punto anterior. Una vez que tenemos identificados esos rostros y los aceptamos como parte de nuestra realidad, los proyectamos hacia afuera y son considerados como partes esenciales que forman parte del mundo que percibimos.

Si al mirar en tu interior te juzgas un pecador, querrás ocultarlo a los demás para que no perciban tu debilidad. Para evitarlo, decides proyectar afuera tu visión y para ello decides juzgar a los demás, en los cuales has creído ver tu propio pecado. Te dirás, ¿qué mejor modo de ponerle fin a ese pecado que condenarlo y castigarlo? Y de este modo, establecemos leyes y comportamientos que son considerados como salvadores para poner fin a la semilla del miedo que nos corroe.

11. Cuando hayas contemplado lo que parecía infundir terror y lo hayas visto transformarse en paisajes de paz y hermosura, cuando hayas presenciado escenas de violencia y de muerte y las hayas visto convertirse en serenos panoramas de jardines bajo cielos despejados, con aguas diáfanas, portadoras de vida, que corren felizmente por ellos en arroyuelos danzantes que nunca se secan, ¿qué necesidad habrá de persuadirte para que aceptes el don de la visión? 2una vez que la visión se haya alcanzado, ¿quién podría rehusar lo que necesariamente ha de venir des­pués? 3Piensa sólo en esto por un instante: puedes contemplar la santidad que Dios le dio a Su Hijo. 4Y nunca jamás tendrás que pensar que hay algo más que puedas ver.

Nuestro actual estado de conciencia se compara con el de un sueño, donde lo percibido nos muestra una situación ilusoria e irreal. Cuando soñamos podemos tener sueños felices o terroríficas pesadillas. Cuando tenemos sueños felices, al despertar nos inunda una sensación de bienestar que nos mantiene eufórico y feliz. En cambio, cuando el contenido del sueño ha sido una pesadilla, al despertar, el sentimiento de pánico vivido por nuestra mente aún nos mantiene sumidos en un profundo temor.

Jesús utiliza este símil para enseñarnos los efectos que tendrá sobre nuestra conciencia el hecho de elegir tener sueños felices o, en su lugar, continuar siendo los protagonistas de los guiones propios de las pesadillas. Lo importante de este mensaje es que tenemos la opción de elegir qué tipo de sueño tener. Ello es posible dado que somos los soñadores del sueño. No podemos culpar al mundo exterior del contenido de nuestros sueños, pues estos tan solo reflejan nuestros deseos.

Elijamos, pues, tener sueños felices.

martes, 3 de junio de 2025

Capítulo 20. VIII. La visión de la impecabilidad (3ª parte).

VIII. La visión de la impecabilidad (3ª parte).

6. Todo lo que se contempla a través de la visión cae suavemente en su sitio, de acuerdo con las leyes que Su serena y certera mirada le brinda. 2La finalidad de todo lo que Él contempla es siempre indudable: 3Pues servirá a Su propósito, que se verá sin ajuste alguno y perfectamente adaptado al mismo: 4Bajo Su bon­dadosa mirada, lo destructivo se vuelve benigno y el pecado se convierte en una bendición. 5¿Qué poder tienen los ojos del cuerpo para corregir lo que perciben? 6Los ojos del cuerpo se ajustan al pecado, pues son incapaces de pasarlo por alto en nin­guna de sus formas, al verlo por todas partes y en todas las cosas. 7Mira a través de sus ojos, y todo quedará condenado ante ti. 8Y jamás podrás ver todo lo que te podría salvar. 9Tu santa relación, la fuente de tu salvación, queda desprovista de todo significado, y su más santo propósito desposeído de los medios para su con­secución.

Si elegimos ser un cuerpo, nos condenamos al error y nuestra visión será proyectada sobre los demás, percibiendo lo irreal en ellos, lo cual condicionará todo nuestro comportamiento y nuestros juicios.

Si deseamos la paz, no podemos seguir alimentando nuestro odio. Si deseamos la felicidad y la dicha, no podemos seguir juzgándonos y condenándonos. Si deseamos el amor, no podemos seguir teniendo miedo y limitándonos.

Cuando te sientas atacado, no lo juzgues como una amenaza del otro hacia ti, sino como una visión errada de su propia identidad, la cual le lleva a sentir miedo a perder lo que tiene. Tu fe verdadera, la que te lleva a reconocer lo que realmente eres, es tu fortaleza, no tu debilidad, y esa fortaleza, cuando te sientas atacado, te llevará a no juzgar la debilidad del otro, sino a reconocerla en él y a serle de espejo para que él pueda reconocer, a su vez, su verdadera identidad.

Cuando juzgamos, es a nosotros mismos a quienes estamos juzgando. Cuando amamos, es a nosotros mismos a quienes amamos. Cuando salvamos a los demás, es a nosotros mismos a los que estamos salvando.

7. Los juicios no son sino juguetes, caprichos, instrumentos insen­satos para jugar al juego fútil de la muerte en tu imaginación: 2La visión, en cambio, enmienda todas las cosas y las pone dulce­mente bajo el tierno dominio de las leyes del Cielo. 3¿Qué pasaría si reconocieses que este mundo es tan sólo una alucinación? 4¿O si realmente entendieses que fuiste tú quien lo inventó? 5¿Y qué pasaría si te dieses cuenta de que los que parecen deambular por él, para pecar y morir, atacar, asesinar y destruirse a sí mismos son totalmente irreales? 6¿Podrías tener fe en lo que ves si acepta­ses esto? 7¿Y lo verías?

Sí. Seguramente, al igual que a mí, el contenido de este punto te ha llevado a entrar en estado de shock. No es una propuesta imaginaria la que nos presenta Jesús con sus preguntas. Nos está conduciendo a un punto de inflexión necesario para que se produzca nuestro despertar. Está invitándonos a mirar allí donde nuestro ego no quiere que miremos. Nos está brindando la oportunidad de poner fin a nuestra fe errada en el cuerpo y en la identidad en la que creemos.

Pero seguro que superarás ese primer impacto que ha dejado nuestras mentes confusas e indecisas, al obligarla a mirar la verdad de frente y a quedar desnuda ante ella. Sí, el error ha quedado al descubierto y ahora podemos corregirlo y poner fin a nuestra demencia. Si no somos un cuerpo separado, tenemos que ser "algo" que nos mantenga unidos. O estamos separados o estamos unidos. Las dos cosas no pueden ser a la vez, salvo para el ego, que desde la separación se miente a sí mismo creyendo que va a encontrar la unión utilizando el cuerpo del otro, para lo cual establece una relación especial, no santa.

Ya tenemos la información necesaria para conocer que la unión es el estado natural de las mentes. Que esto sea así se lo debemos a nuestro Creador, que nos creó a Su imagen y semejanza. Desde Su Mente extendió la fuerza de Su Amor dando lugar a Su Creación, al Hijo de Dios. Por lo tanto, la Filiación es Una, lo que significa que la Mente es Una. Si somos Uno y nuestra fe se fortalece en esa certeza, nuestra visión no puede ser diferente a la Visión de Cristo que se complace en la visión de la unicidad.

Ya estamos preparados para responder a las preguntas de Jesús y para salir del estado de shock en el que se encontraba nuestra mente.

8Las alucinaciones desaparecen cuando se reconocen como lo que son. 2Ésa es la cura y el remedio: 3No creas en ellas, y desapa­recen. 4Lo único que necesitas reconocer es que todo ello es tu propia fabricación. 5Una vez que aceptas este simple hecho y recuperas el poder que les habías otorgado, te liberas de ellas. 6Pero de esto no hay duda: las alucinaciones tienen un propósito, y cuando dejan de tenerlo, desaparecen. 7La pregunta, por lo tanto, no es nunca si las deseas o no, sino si deseas el propósito que apoyan. 8Este mundo parece tener muchos propósitos, todos ellos diferentes entre sí y con diferentes valores. 9Sin embargo, son todos el mismo. 10Una vez más, no hay grados, sino sólo una aparente jerarquía de valores.

Habíamos cerrado el punto anterior declarando nuestra disponibilidad para dar respuesta a las preguntas que nos planteaba Jesús y afirmando que habíamos logrado salir de nuestro estado de shock en el que había entrado nuestra mente.

Todo ello nos servía de introducción para compartir nuestra decisión de dejar de creer en el mundo ilusorio con el que estábamos identificados y que nos llevó a ver las alucinaciones que nuestros ojos percibían. Desde el sistema de pensamiento del ego, el mundo que creemos es real, el mundo físico, es atribuido a la acción creadora de Dios. Con lo cual estamos culpándole de todo el dolor y sufrimiento que experimentamos en él. Lo justificamos como un acto "vengativo" del creador, al interpretar que le hemos desobedecido, lo cual nos ha convertido en pecadores que han sido condenados a la muerte.

El velo que nos oculta la verdad impide a nuestra mente ver la realidad. Nos muestra un Dios imperfecto, pues la ira, el pecado, la condena no pueden formar parte de un Dios amoroso. 

Es hora de que decidamos de una vez por todas dejar de ver las alucinaciones con las que nuestra mente se identifica y reconozcamos que todos esos efectos responden a un solo hecho: el deseo de ver desde la individualidad y no desde la unicidad. Un mundo creado desde el miedo tan solo es posible cuando el miedo forma parte de nuestras creencias. Por ello, lo único que necesitamos reconocer es que todo ello es nuestra propia fabricación. 

lunes, 2 de junio de 2025

Capítulo 20. VIII. La visión de la impecabilidad (2ª parte).

VIII. La visión de la impecabilidad (2ª parte).

3. La impecabilidad de tu hermano se te muestra en una luz bri­llante, para que la veas con la visión del Espíritu Santo y para que te regocijes con ella junto con Él. 2Pues la paz vendrá a todos aquellos que la pidan de todo corazón y sean sinceros en cuanto al propósito que comparten con el Espíritu Santo, y de un mismo sentir con Él con respecto a lo que es la salvación. 3Estáte dis­puesto, pues, a ver a tu hermano libre de pecado, para que Cristo pueda aparecer ante tu vista y colmarte de felicidad. 4Y no le otorgues ningún valor al cuerpo de tu hermano, el cual no hace sino condenarlo a fantasías de lo que él es. 5Él desea ver su impe­cabilidad, tal como tú deseas ver la tuya. 6Bendice al Hijo de Dios en tu relación, y no veas en él lo que tú has hecho de él.

El verdadero estado del Ser es la luz y el amor. Dios nos ha creado a Su imagen y semejanza. Si Dios es luz y amor, Su Hijo también lo será. Desear la luz es crear, pues es expandir el amor. Desear la ausencia de luz es desear la oscuridad y desde ese estado no podremos reconocer lo que somos, propiciando que nos imaginemos una falsa identidad. Esa oscuridad nos producirá miedo y todo cuanto percibamos llevará su sello. Nos defendemos de todo aquello que sea percibido desde el miedo y nos cause miedo. Nos defenderemos de los demás, nos defenderemos de nuestro odio, nos defenderemos de nuestra pecaminosidad, nos defenderemos de nuestra culpa. Todos nuestros mecanismos de seguridad tratarán de protegernos de la creencia en haber fallado a nuestro Creador. Nos creemos desmerecedores de Su amor y buscamos el perdón de nuestra culpa deseando ser castigados. En definitiva, hemos fabricado un mundo demente donde la ausencia de amor da pie a la locura.

No desees por más tiempo la oscuridad, la separación, la división, el miedo, el odio y el dolor. Desea en cambio la luz, la unidad, el amor, la paz, la dicha, la impecabilidad. Crea un mundo acorde al deseo de la unidad y la Visión Crística nos ofrecerá ese mundo.

4. El Espíritu Santo garantiza que lo que Dios dispuso para ti y te concedió, será tuyo. 2Este es tu propósito ahora, y la visión que hace que sea posible sólo espera a que la recibas. 3Ya dispones de la visión que te permite no ver el cuerpo. 4Y al contemplar a tu hermano verás en él un altar a tu Padre tan santo como el Cielo, refulgiendo con radiante pureza y con el destello de las deslum­brantes azucenas que allí depositaste. 5¿Qué otra cosa podría tener más valor para ti? 6¿Por qué piensas que el cuerpo es un mejor hogar, un albergue más seguro para el Hijo de Dios? 7¿Por qué preferirías ver el cuerpo en vez de la verdad? 8¿Cómo es posible que esa máquina de destrucción sea lo que prefieres y lo que eliges para reemplazar el santo hogar que te ofrece el Espí­ritu Santo, y donde Él morará contigo?

Si decidimos identificarnos con el cuerpo, cuando miremos a nuestro hermano, es lo que veremos en él. Esa visión significa que hemos elegido juzgarlo como un pecador. Significa que nos hemos condenado interiormente y nuestra visión ha nublado nuestra mente, pensando que hay que purgar nuestros pecados, nuestra maldad, nuestra oscuridad para ser aceptados por Aquel al que le hemos otorgado el papel de nuestro Juez, a Dios. El odio que sentimos hacia nosotros mismos nos lleva a sentir odio por los demás. Nuestro afán de pureza nos lleva a condenar los pecados que percibimos en el otro. Nuestro propio autocastigo motivado por el deseo de redimir nuestra culpa nos lleva a castigar.

Mientras que decidamos ver en nuestros hermanos sus vestidos corporales, no podremos evitar juzgarlos e ignorar el lazo de amor que nos mantiene unidos a ellos. Si pretendemos salvarnos, si pretendemos recuperar nuestra verdadera identidad, no podremos hacerlo aportando significado a las ofensas percibidas por su cuerpo. Ello nos recordará que somos pecadores y lo atacaremos en un intento de recuperar la inocencia.

5. El cuerpo es el signo de la debilidad, de la vulnerabilidad y de la pérdida de poder. 2¿Qué ayuda te puede prestar un salvador así? 3¿Le pedirías ayuda a un desvalido en momentos de angustia y de necesidad? 4¿Es lo infinitamente pequeño la mejor alterna­tiva a la que recurrir en busca de fortaleza? 5Tus juicios parecerán debilitar a tu salvador. 6Mas eres tú quien tiene necesidad de su fortaleza. 7No hay problema, acontecimiento, situación o perple­jidad que la visión no pueda resolver. 8Todo queda redimido cuando se ve a través de la visión. 9Pues no es tu visión, y trae consigo las amadas leyes de Aquel cuya visión es.

Tenemos que hacer hincapié en la idea central que estamos analizando en los últimos puntos. No podemos menospreciar la fuerza que tiene el deseo. Ya hemos visto cómo el deseo nos ha llevado a creer en la separación en respuesta a que creemos aquello que deseamos. Una falsa fe o una fe errada fue depositada en nuestras creencias cuando elegimos la individualidad a la unicidad. Esa fe errada ha condicionado toda nuestra visión, llevándonos a percibir desde la oscuridad una identidad tan falsa como la fe que la ha propiciado.

En el cuerpo tan solo podemos encontrar debilidad, vulnerabilidad, dolor y muerte. A pesar de ello, seguimos pensando que ese cuerpo es lo que somos. El cuerpo se ha convertido en el velo que nos oculta la verdad, la realidad. Es preciso desgarrar ese velo e ir más allá de las limitaciones que nos muestra. Para lograrlo, tan solo debemos reorientar la fuerza del deseo y ponerla al servicio de nuestra voluntad de servir a la Voluntad de Dios. Esto significa tan solo una cosa. Elegir el amor por encima del miedo y ver nuestra impecabilidad, nuestra invulnerabilidad y nuestra fortaleza. 

viernes, 30 de mayo de 2025

Capítulo 20. VIII. La visión de la impecabilidad (1ª parte).

VIII. La visión de la impecabilidad (1ª parte).

1.  Al principio, la visión te llegará en forma de atisbos, pero eso bastará para mostrarte lo que se te concede a ti que ves a tu her­mano libre de pecado. 2La verdad se restituye en ti al tú desearla, tal como la perdiste al desear otra cosa. 3Abre las puertas del santo lugar que cerraste al haber valorado ésa "otra cosa", y lo que nunca estuvo perdido regresará calladamente. 4Ha sido sal­vaguardado para ti. 5La visión no sería necesaria si no se hubiese concebido la idea de juzgar. 6Desea ahora que ésta sea eliminada completamente y así se hará.

Recuerdo una película en la que el protagonista era invidente desde nacimiento y su mayor deseo era poder ver. Había aprendido a sobrevivir desarrollando el resto de sus sentidos físicos y a identificar las cosas y a las personas a través de ellos y de las descripciones que los demás le aportaban. Su intenso deseo le llevó a buscar un remedio para su estado y le propusieron someterse a una intervención quirúrgica. El resultado de la intervención fue todo un éxito y el invidente recuperó la visión, la cual al principio era un poco borrosa, pero iría mejorando su nitidez con el paso del tiempo. El hecho de haber recuperado la visión no significó que reconociese las cosas al verlas, pues aún no identificaba el objeto con la imagen que su mente había creado. No le resultó fácil aquel cambio de percepción y en ocasiones cerraba los ojos para identificar mejor la situación que se le mostraba.

La visión de la luz, de lo que realmente somos, nos llegará en forma de atisbos y ello significará que hemos cambiado el modo de ver las cosas. Allí donde antes todo era oscuridad, la luz comienza a disipar las tinieblas. Allí donde antes veíamos separación, comenzamos a ver unidad. Allí donde antes veíamos la opción de atacar para proteger nuestras posesiones, ahora vemos la oportunidad de dar y de compartir lo que somos de manera totalmente desinteresada.

La clave de este cambio se halla en el deseo y con esta afirmación se desvela cuál fue la fuerza que nos llevó a ver un mundo distinto al de Dios. Cuando la voluntad se une al deseo, se produce el misterio de la creación, al igual que ocurre cuando el esperma se une al óvulo o cuando la semilla se introduce en la tierra. Voluntad y deseo pueden servir a la unidad o a la separación. Cuando servimos al amor, cuando nuestro deseo es extender el amor, estamos creando eternidad. Cuando sirve a la individualidad, cuando nuestro deseo es la autosatisfacción, estamos fabricando la ilusión y la temporalidad.

2. ¿Deseas conocer tu Identidad? 2¿No intercambiarías gustosa­mente tus dudas por la certeza? 3¿No estarías dispuesto a estar libre de toda aflicción y aprender de nuevo lo que es la dicha? 4Tu relación santa te ofrece todo esto. 5Tal como se te dio, así también se te darán sus efectos. 6Y del mismo modo en que no fuiste tú quien concibió su santo propósito, tampoco fuiste tú quien concibió los medios para lograr su feliz desenlace. 7Regocíjate de poder disponer de lo que es tuyo sólo con pedirlo, y no pienses que tienes que ser tú quien debe concebir los medios o el fin. 8Todo ello se te da a ti que quieres ver a tu hermano libre de pecado. 9Todo ello se te da, y sólo espera a que desees recibirlo. 10La visión se le otorga libremente a todo aquel que pide ver.

La visión de la separación es el efecto de haberla deseado. La separación es sinónimo de división, al igual que la unión es sinónimo de unicidad. El pensamiento sigue a su fuente o, lo que es lo mismo, y si hemos decidido ver separación, es porque nuestra mente ha deseado la división.

La naturaleza del mundo de Dios es la paz, la dicha y la luz. En su reino gobierna la ley del amor. Ver de manera diferente ese mundo responde al deseo de ver de manera distinta a la de Dios. Responde al deseo de regirse por leyes donde no impere el amor. La naturaleza del mundo del ego es la discordia, la escasez y la oscuridad.

Al percibir la separación, dejamos de percibir la unidad de las mentes y nuestra percepción descubrió al otro fuera de nosotros. Sentimos miedo y el miedo sustituyó al amor, lo que ocasionó que nos identificáramos con el personaje percibido, con los ropajes físicos que aparentemente nos ofrecían una identidad. Caímos en un pesado sueño en el que nuestra conciencia olvidó lo que éramos realmente para adquirir una falsa identidad. Pero ese estado de conciencia no significa la muerte de nuestro verdadero ser, sino su olvido. Si el deseo individualista fue la causa que nos llevó a ese estado, será el deseo de unión el que nos permitirá recordar lo que somos y, en ese proceso de salvación, el otro, nuestro hermano, juega un papel estelar, sirviéndonos como espejos en el que podremos reconocernos.

jueves, 29 de mayo de 2025

Capítulo 20. VII. La correspondencia entre medios y fin (3ª parte).

 VII. La correspondencia entre medios y fin (3ª parte).

8. El cuerpo no se puede ver, excepto a través de juicios. 2Ver el cuerpo es señal de que te falta visión y de que has negado los medios que el Espíritu Santo te ofrece para que sirvas a Su pro­pósito. 3¿Cómo podría lograr su objetivo una relación santa si se vale de los medios del pecado? 4Tú te enseñaste a ti mismo a juzgar; mas tener visión es algo que se aprende de Aquel que quiere anular lo que has aprendido. 5Su visión no puede ver el cuerpo porque no puede ver el pecado. 6Y de esta manera, te conduce a la realidad. 7Tu santo hermano -a quien verlo de este modo supone tu liberación- no es una ilusión. 8No intentes verlo en la oscuridad, pues lo que te imagines acerca de él parecerá real en ella. 9Cerraste los ojos para excluirlo. 10Tal fue tu propó­sito, y mientras ese propósito parezca tener sentido, los medios para su consecución se considerarán dignos de ser vistos, y, por lo tanto, no verás.

El cuerpo es un símbolo de identidad. La identificación es una creencia y pone de manifiesto aquello que vemos. Si lo que vemos es lo que deseamos, podemos concluir que nuestra identidad es fruto de lo que deseamos. Considero importante esta introducción para ayudarnos a comprender el contenido de este punto, sobre todo en lo concerniente a la afirmación de que el cuerpo no se puede ver, excepto a través de juicios.

Desde mi punto de vista, hasta ahora, entiendo que el cuerpo no es real porque es temporal y está regido por las leyes del cambio. Sabemos que lo que es real es verdad y que la verdad es eterna y no cambia. Por lo tanto, cuando se dice que el cuerpo no es real, responde a las anteriores consideraciones.

Cuando se nos afirma que el cuerpo no se puede ver, excepto a través de juicios, lo que está poniendo de manifiesto es el significado esotérico del término ver. Cuando utilizamos dicho término desde el punto de vista del sistema de pensamiento del ego, su significado se asocia a una capacidad perceptiva de la visión y del resto de los sentidos físicos, no tan solo de los ojos. Un invidente puede ver el cuerpo a través del resto de los sentidos. Basado en este sistema de pensamiento, el que da lugar a la percepción, el juicio se nos muestra como el principal agente que nos lleva a ver el cuerpo, es decir, a ser conscientes de su percepción como símbolo de la creencia en la separación. Juzgar es el deseo de que las cosas sean diferentes a como realmente son. Cuando nuestra voluntad eligió ver un mundo diferente al de Dios, lo que estaba haciendo la mente es emitir un juicio de separación inspirado en el deseo de ver de forma independiente al de nuestro Creador, lo cual nos llevó a ver lo que deseamos, el mundo físico.

Pero esa no es la verdadera visión. Esa visión del ego procede de la oscuridad y en la oscuridad no se puede ver. La visión procede de la luz. Podemos decir que la luz y la visión van unidas. Desde la visión, desde la luz, se tiene acceso a la realidad, a la verdad, a la unidad. Desde esa visión, el cuerpo-separación-juicio no se puede ver, porque en ese plano tan solo se manifiesta lo esencial y verdadero.

9. Tu pregunta no debería ser: "¿Cómo puedo ver a mi hermano sin su cuerpo?" 2sino, "¿Deseo realmente verlo como alguien incapaz de pecar?" 3Y al preguntar esto, no te olvides de que en el hecho de que él es incapaz de pecar radica tu liberación del miedo. 4La salvación es la meta del Espíritu Santo. 5El medio es la visión. 6Pues lo que contemplan los que ven está libre de pecado. 7Nadie que ama puede juzgar, y, por lo tanto, lo que ve está libre de toda condena. 8Y lo que él ve no es obra suya, sino que le fue dado para que lo viese, tal como se le dio la visión que le permi­tió ver.

Me quedo con la afirmación de que "nadie que ama puede juzgar", pues si estamos libres de juicio no podremos condenar al no ver el pecado. No ver el pecado significa que no vemos la separación, que no hemos elegido ver un mundo diferente al de nuestro Creador. En nuestra inocencia, en nuestra visión de impecabilidad, reside nuestra voluntad por ver la salvación como el propósito, el fin que nos une a todos nuestros hermanos.

La visión Crística es el medio que Jesús y el Espíritu Santo nos dispensan para que logremos la salvación. 

miércoles, 28 de mayo de 2025

Capítulo 20. VII. La correspondencia entre medios y fin (2ª parte).

VII. La correspondencia entre medios y fin (2ª parte).

3. Para alcanzar el objetivo, el Espíritu Santo pide en verdad muy poco. 2Y pide igualmente poco para proporcionar los medios. 3Los medios son secundarios con respecto al objetivo. 4Cuando dudas, es porque el propósito te atemoriza, no los medios. 5Recuerda esto, pues, de lo contrario, cometerás el error de creer que los medios son difíciles. 6Sin embargo, ¿cómo van a ser difíciles cuan­do son algo que simplemente se te proporciona? 7Los medios ga­rantizan el objetivo y concuerdan perfectamente con él. 8Antes de que los examinemos más detenidamente, recuerda que si piensas que son imposibles, tu deseo de lograr el objetivo se ve menosca­bado. 9Pues si es posible alcanzar un objetivo, los medios para lograrlo tienen que ser posibles también.

Tal vez hayamos visto la relación existente entre el fin y los medios. Tal vez hayamos tomado conciencia de que el fin y los medios forman parte de una unidad, como lo hacen la causa y el efecto. Si nuestro fin es la salvación, no utilizaremos el cuerpo físico como el medio para encontrarla, pues la visión del cuerpo nos vincula con la creencia en la separación, lo que significa que cuando vemos a nuestros hermanos no lograremos ver la unidad existente de nuestras mentes. Se requiere una visión basada en la realidad de lo que somos. Se requiere ver la luz que somos e identificarnos con la verdad de la que somos portadores al haber sido creados por Dios. Somos seres espirituales dotados del poder de la voluntad, del amor y de la inteligencia. Desde esa visión de unidad, el otro se convierte en el medio a través del cual lograremos andar el camino que nos conducirá hasta la salvación.

4. Es imposible ver a tu hermano libre de pecado y al mismo tiempo verlo como si fuese un cuerpo. 2¿No es esto perfectamente consistente con el objetivo de la santidad? 3Pues la santidad es simplemente el resultado de dejar que se nos libere de todos los efectos del pecado, de modo que podamos reconocer lo que siem­pre ha sido verdad. 4Es imposible ver un cuerpo libre de pecado, pues la santidad es algo positivo y el cuerpo es simplemente neu­tral. 5No es pecaminoso, pero tampoco es impecable . 6Y como realmente no es nada, no se le puede revestir significativamente con los atributos de Cristo o del ego. 7Tanto una cosa como la otra sería un error, pues en, ambos casos se le estarían adjudicando atributos a algo que no los puede poseer. 8Y ambos errores ten­drían que ser corregidos en aras de la verdad.

No podemos malinterpretar lo que hemos dicho en el punto anterior cuando hemos hecho referencia al cuerpo. Si nuestra mente juzga al cuerpo, lo que estará haciendo es reconocer que el cuerpo es real. El cuerpo es neutro. Es la mente la que tiene el poder sobre el cuerpo y lo utiliza para llevar al plano de la experiencia el contenido de nuestras creencias. Esa es la base de la percepción. Podemos percibir correctamente o de manera incorrecta. Podemos utilizar el cuerpo y las experiencias que él materializa como fuente de aprendizaje para comprender lo que realmente somos. Pero nunca podemos creer que nuestra identidad verdadera es corporal, negando nuestra esencia real.

5. El cuerpo es el medio a través del cual el ego trata de hacer que la relación no santa parezca real. 2El instante no santo es el tiempo de los cuerpos. 3Y su propósito aquí es el pecado. 4Mas éste no se puede alcanzar salvo en fantasías, y, por lo tanto, la ilusión de que un hermano es un cuerpo está en perfecta consonancia con el propósito de lo que no es santo. 5Debido a esta correspon­dencia, los medios no se ponen en duda mientras se siga atribuyendo valor a la finalidad. 6La visión se amolda a lo que se desea, pues la visión siempre sigue al deseo. 7Y si lo que ves es el cuerpo, es que has optado por los juicios en vez de por la visión. 8Pues la visión, al igual que las relaciones, no admite grados. 9O ves o no, ves.

La salvación como objetivo, como fin, en el mundo actual en que imperan las leyes del sistema de pensamiento del ego, no puede utilizar el cuerpo físico para lograrlo, salvo que lo espiritualice. ¿Qué quiero expresar con ello? Que debemos reconocer que la única función del cuerpo, al ser neutro, es servir a la mente. Si nuestra mente sirve al amor, al ser espiritual que somos, entonces el cuerpo puede ser utilizado para establecer relaciones santas donde no se busca satisfacer la naturaleza instintiva, sino poner de manifiesto que el amor es cosa de dos, es decir, el amor hay que compartirlo con el otro y en ese intercambio se alcanza la salvación, pues en ese amor no hay cabida para el miedo.

Si nuestra mente sirve al ego, a la creencia en la separación, el cuerpo se utilizará para reafirmar dicha creencia y el otro será percibido como nuestro enemigo, al que debo atacar para garantizar mi propia seguridad material.

6. Todo aquel que ve el cuerpo de un hermano ha juzgado a su hermano y no lo ve. 2No es que realmente lo vea como un peca­dor, es que sencillamente no lo ve. 3En la penumbra del pecado su hermano es invisible. 4Ahí sólo puede ser imaginado, y es ahí donde las fantasías que tienes acerca de él no se comparan con su realidad. 5Ahí es donde las ilusiones se mantienen separadas de la realidad. 6Ahí las ilusiones nunca se llevan ante la verdad y siempre se mantienen ocultas de ella. 7Y ahí, en la oscuridad, es donde te imaginas que la realidad de tu hermano es un cuerpo, el cual ha entablado relaciones no santas con otros cuerpos y sirve a la causa del pecado por un instante antes de morir.

Si viésemos la luz que somos. Si viésemos nuestra verdadera identidad espiritual, estaríamos en condiciones de compartir esa visión con los demás, lo que nos permitiría ver la luz y la realidad que se manifiesta a través del otro. Esa visión amorosa no mostraría la relación de hermandad que nos une a la Filiación.

En cambio, cuando miramos y vemos con los ojos del cuerpo, la densidad del plano físico no nos permite ver nuestra esencia real; tan solo percibe el envoltorio material que está regido bajo las leyes de la temporalidad. Desde esa visión pensamos que conocemos a nuestros hermanos cuando, en realidad, lo que conocemos de él es lo que pensamos que es, es decir, lo juzgamos y le aportamos el significado de lo que interpretamos. Es evidente que lo que piensa que es habla más de su propia visión que de su contenido real. Bajo estas leyes están basadas todas las relaciones humanas; por tal motivo, se les denomina relaciones no santas.

7. Existe ciertamente una clara diferencia entre este vano imagi­nar y la visión. 2La diferencia no estriba en ellos, sino en su pro­pósito. 3Ambos son únicamente medios, y cada uno de ellos es adecuado para el fin para el que se emplea. 4Ninguno de los dos puede servir para el propósito del otro, pues cada uno de ellos es en sí la elección de un propósito, empleado para propiciarlo. 5Cada uno de ellos carece de sentido, sin el fin para el que fue concebido, y, aparte de su propósito, no tiene valor propio. 6Los medios parecen reales debido al valor que se le adjudica al obje­tivo. 7los juicios carecen de valor a menos que el objetivo sea el pecado.

Una relación es santa cuando nuestro fin es la salvación y para ello utilizamos los medios que sirven a nuestra santidad. No es el cuerpo el que nos permite llevar a cabo esa relación santa, sino nuestra mente recta, la que nos ha llevado a percibir correctamente lo que somos y nos ha permitido ver la luz que somos y que emana desde nuestro interior, permitiéndonos reconocerla en cada ser.

En cambio, una relación no es santa cuando nuestro fin es satisfacer la naturaleza instintiva y los deseos que fluyen de la personalidad egoica. En dicha relación, el cuerpo se convierte en el protagonista principal para cumplir el mandato principal de la mente errada, la cual sirve a la creencia en la separación y en el culto al miedo.

Cuando vemos desde la luz, estaremos preparados para establecer una relación santa.

Cuando vemos desde la oscuridad, percibimos y juzgamos el cuerpo como el medio que nos reafirma en nuestra falsa identidad.